¿Quién da un peso por mis sueños?

(Pensamiento poético)

Mi muy querido amigo,

Hoy que te vi, afligido, no pude reconocer en tu rostro a ese soñador, al amigo altivo, sonriente. Tan solo pude ver en tus ojos la gris tristeza de un océano de llanto. Es por eso, mi más querido amigo, que hoy te escribo.

Cuando uno ve al cielo en un soleado día despejado y miramos esos azules y ese blanco de las nubes, podemos llegar a creer que existe un Dios y que el mundo es mágico y los sueños nacen. Cuando, al atardecer, fijamos nuestra vista al ocaso y vemos esa amalgama de colores tan perfectamente ubicados podemos llegar a afirmar que existe un Dios y que el mundo es maravilloso y te preguntas quien daría un peso por tus sueños. Cuando, al anochecer, rodeados de esa nocturna oscuridad, miramos el firmamento y admiramos esa bóveda cubierta de estrellas, de soles distantes cuya luz milenaria llega a nosotros después de recorrer tantos años, tantos que no sabemos realmente si esa estrella aun brilla o solo es el eco de su existencia, es allí cuando creemos en Dios y sabemos que el mundo es un milagro y das un enorme valor a tus sueños.

Pero, querido amigo, nunca nadie dijo que esos días serian eternos. Y de pronto llega esa nube que pintó de gris el cielo, y borró los colores del atardecer, y cubrió las estrellas, y con su lluvia se llevó tus sueños. Fue entonces cuando dejaste de creer, y el mundo se volvió oscuro, y tu mirada no volvió a ver el cielo y tus sueños se esfumaron con la lluvia y el viento.

Tu sabias, querido amigo, que a todo verano le sigue el otoño, y las flores que eran, y los arboles verdes, se pierden, sus hojas caen. Tu sabias muy bien que una colmena no solo tiene miel, sino abejas; que un rosal no solo da hermosas flores, sino espinas, y pican, y hieren, y duelen.

Pero así como al verano le sigue el otoño, al más duro invierno le sigue una dulce primavera, y las flores renacen, y los arboles retoñan, y el sol vuelve a cubrir el cielo, y la bóveda celeste se llena de colores, y el atardecer majestuoso nos anuncia el final de un gran día y el inicio de una noche colmada de estrellas.




En la vida no siempre serán los días azules, amigo mío, y no siempre tendremos a la luna y las estrellas iluminando nuestras noches. Pero la vida no vale por los días soleados, sino por la manera en que afrontamos esos días oscuros de tormentas, de lluvia, de vientos. Porque es en esos momentos, amigo, cuando se pone a prueba aquello de lo que estamos hechos, cuando se mide la solides de nuestros sueños y el valor para aferrarnos a ellos. Porque hasta la lluvia más mortal nutre la tierra más seca y genera vida.

Recuerdas, amigo, aquella vez, aun joven, iluso, que mirando por la ventana, en una profunda nostalgia, preguntabas: “¿Quién da un peso por mis sueños?”. ¿Aun te acuerdas de esos sueños? ¡Qué tiempos aquellos! Tan fáciles, tan llenos de sol y de estrellas, de cielos azules y de atardeceres. ¿Qué pasó con tus sueños? ¿En qué momento dejaste de creer en ellos, de creer en ti? Porque, veras, querido amigo, nunca nadie dará un peso por tus sueños si tu no crees, primero, en ti.

Y era entonces, en aquellos tiempos, cuando tu mirar altivo tan solo buscaba el cielo, y los sueños eran tantos, y el mundo era pequeño. ¿Te acuerdas? Y las nubes tenían formas, y las tardes sus silencios, y las noches… aquellas noches… tanta vida. La vida se impone, es cierto, hasta que uno se impone a la vida, y lucha con ella, no contra ella. Amigo, mi viejo amigo, encontraste al mayor de tus rivales en donde menos lo esperaste: el espejo.

¿Qué tormenta agachó tu mirada y se llevo tus sueños? ¿Qué nube negra penetró a tu mente y nubló tus deseos? ¿Por qué no volviste a mirar el cielo? Porque veras, mi querido amigo, que mañana será un día soleado, y en el lienzo del ocaso se pintaran los colores más bellos, y la noche se colmara de estrellas, y la luna, llena de luz, iluminara los caminos más oscuros. Será entonces, mañana, cuando tendrás dos opciones: mirar al cielo, saborear la vida, creer en algo, enterarte de la majestuosidad del mundo, realizar tus sueños; o agachar la mirada, llenarte de miedo, no volver a mirar al cielo por temor de que otra nube negra lo cubra. Solo que, si optas por agachar la mirada, no vuelvas a preguntar quién da un peso por tus sueños porque, mi más querido amigo, nadie compra sueños muertos.

Por lo demás, disculpa lo meloso de esta carta. Tantas palabras para decirte algo tan simple: Nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos, el peor asesino de sueños lo encontramos en el espejo, nuestra peor tormenta no la genera el mundo sino nuestros miedos. Porque nosotros somos los hijos de nuestros actos, y los padres de nuestro destino. Mantener los pies en el suelo, mi más querido amigo, no significa dejar de mirar al cielo.

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