El Laberinto de la Soledad

“Al salir, acaso, descubriremos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces.” – Octavio Paz (de su libro El Laberinto de la Soledad, cuyo título inspira mis palabras)

Hace ya algún tiempo, en el ocaso de mis 17 años, visite varias veces la oficina del finado Lic. Pedro Chapa Aguirre, una excelente persona a la que le guardo una gran admiración y con la que tuve el privilegio de platicar largas horas. Su forma de ser, siempre atento y con opiniones siempre acertadas, daban lugar a un fructífero intercambio de ideas. En una de las últimas ocasiónes que nos vimos, antes de partir a la universidad, le regale un libro de Andrés Oppenheimer titulado “México en la Frontera del Caos”. Me sorprendió entonces, pasada una semana de ese evento, que utilizara ese nombre para hacer una analogía muy acertada de la situación por la que parecía ir pasando Nuevo Laredo. Decía, mientras yo lo escuchaba en su participación por la radio, que Nuevo Laredo estaba ya en esa “frontera del caos”, y parecía augurar lo que acontecería en los años futuros.

Hoy, 9 años después, Nuevo Laredo no está más en la frontera del caos, ya la cruzo. Vivimos ahora en las entrañas del mismo, solos, perdidos, con pocas esperanzas y una fe que se mitiga. Hace tiempo que cruzamos ese umbral, que nos adentramos a un laberinto que nos pierde, caótico, del que no encontramos salida, a un laberinto de la soledad.

Vagamos en un laberinto interminable, sin guía, sin ayuda. Caminamos juntos, pero solos, sin nadie a quien acudir. Nuestras voces se pierden, no encuentran eco en las paredes. No sabemos a dónde vamos, nos movemos porque tenemos que, sin saber por qué rumbos caminamos. Hace mucho que anhelamos encontrar la salida, esa fuente prometida en el centro en donde encontraremos paz, dignidad, deseos que se han ido ahogando en el camino. Cada día parece que los pasadizos se hacen más estrechos, apretándonos en medio, exprimiendo nuestra voluntad, perdiéndonos en la desesperación por no poder hacer nada. Ahora somos menos los que buscamos la salida, y a la vez, son más los que han claudicado, asolados por la tristeza, derrotados por la agonía y el miedo.

Ya son muchos aquellos que se han perdido, algunos exiliados, tratando de encontrar un poco de tranquilidad, pero aun con la esperanza de que encontremos un escape; otros, han caído abatidos por el suelo del laberinto que se alimenta de su sangre, perdidos por las trampas del mismo, solos, sin que nadie pudiera defenderlos u oír sus lamentos.

Caminamos, viendo al cielo, esperando alguna señal de que el final está cerca, pero ya no sabemos. Gritamos, pero el grito se ahoga, no encuentra cabida en ningún oído. El hombre que pretende ser el líder decide no escucharnos y vivir en la negación. Cuando la desesperación nos embarga nos volteamos a vernos unos a otros, pero no para ayudarnos, sino para apuntarnos, para culparnos, para gritarnos en vez de usar nuestra voz contra las paredes que nos aprisionan y nos pierden, sabiendo que solo unidos podríamos ser capaces de encontrar la salida.



La vida en este laberinto es aburrida, triste, apenas y arranca alguna sonrisa. Las noches son frías, tenebrosas, sus sonidos, que parecen trompetas de la muerte y gritos atroces de sirenas, solo alimentan nuestros miedos y hacen que se pierdan las pocas esperanzas que aun guardamos. Por el día seguimos caminando, buscando esa fuente, pero con miedo, paranoia, en la zozobra, cuidadosos de donde pisamos, de quien es el que está a nuestro lado, de quien nos mira y dudosos de nuestra propia sombra. La vida en este Laberinto de la Soledad no es vida, es agonía, es dolor. Algunos de los niños y jóvenes que nos acompañan en esta travesía parecen perderse, pues no conocen más vida que la del laberinto, y este los absorbe, los invita a adentrarse en lo desconocido, en lo malo, en lo perverso. Sus padres parecen olvidarse de ellos, pues su necedad de encontrar una salida rápida, aunque sea falsa, los ha hecho olvidarse de sus hijos, o los consume en su propia desesperación. Hay quienes prefieren cegarse, hacer de cuenta que no pasa nada, ignorar nuestra desgracia tratando de vivir una realidad alterna. No solo nos vamos perdiendo en el laberinto, nos vamos perdiendo a nosotros mismos, ya no nos reconocemos, nuestras miradas son tristes, perdidas, nuestras caras desquebrajadas, con alguna que otra sonrisa disimulada, ya no somos los mismos de antes, somos otros. El corazón nos late, las lágrimas brotan, y la esperanza trata de aferrarse mientras que cada día sabemos de más personas que se consumen, que se pierden, o que se van.

Nuestra soledad es la peor soledad de todas, pues es la soledad que se alimenta del olvido, es la muerte que no mata pero que está latente, es la pesadilla que no acaba, el cáncer que consume pero que no detiene el corazón, es el miedo que crece conforme muere la fe, la eterna agonía que no conoce piedad. Es la soledad de un pueblo sin ley, sin autoridad, sin guía, abandonado a su suerte y a la voluntad de extraños.

Pero todo laberinto tiene salida, un premio esperando al final, una chispa de alegría que mantiene viva la esperanza. El pueblo aun tiene voluntad de continuar, y mientras tenga voluntad tendrá coraje. Pues las paredes de este laberinto no podrán aprisionarnos para siempre, nuestras ganas de vivir son mayores, más fuertes que el acero, más penetrantes que el miedo. Encontremos en esta soledad un catalizador para unirnos, para avanzar y sortear los peligros del laberinto. Pues Nuevo Laredo es más grande que cualquier prisión, que cualquier miedo y cualquier amenaza. Nuevo Laredo somos nosotros y mientras siga latiendo el corazón en un neolaredense, nuestra ciudad no estará perdida.

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