El Valor de un Padre

Hace muchos años mi padre me dijo: “Chaparro, siempre puedes contar conmigo porque yo soy tu mejor amigo” finalizando esa frase con un abrazo y un beso en la frente. Como deseaba que ese momento fuera eterno, así de iluso es el pensamiento de un niño de 12 años. Tres años después perdí a mi padre, me lo arrebato el cáncer, ese enemigo que llega sin previo aviso, que destruye y que muchas veces gana la batalla. Yo tenía 15 años de edad y veía como mi padre, mi hermano, mi mejor amigo perdía su peor lucha ante mis ojos. Solo 15 días le bastaron al cáncer para llevárselo, días de mucho dolor, de llanto y desesperación.

No sé si mi papá fue el mejor del mundo, pero fue el mejor que pude haber tenido, y se encargaba de demostrármelo en cada beso, en cada abrazo, en cada consejo y en cada broma. Todos los días encontraba un momento para su familia, la hora de la comida era sagrada, siempre los tres en la mesa, mi madre, mi padre y yo. Recuerdo su típica pregunta que me hacia cuando llegaba de la escuela “¿Cómo nos fue hoy?”, y mi típica respuesta “bien”. Esos momentos cuando nos escapábamos él y yo a comer a algún restaurante, siempre con risas y pláticas amenas. Encontré en él ese cariño incondicional, esa mano que me impulsaba, ese ser excepcional. Con frecuencia nos íbamos los tres al rancho los fines de semana, siempre una aventura nos esperaba. Me enseño lo relativo al campo, a herrar al ganado, a montar a caballo, a sembrar, y a no tener miedo a equivocarme. Mis alegrías las hacia suyas. No olvidare jamás aquellas veces que invitábamos a mis amigos al rancho, mi padre era uno más en los juegos, siempre alegre.

Decía George Herbert que el que ha perdido un ojo conoce el valor del que le queda. Yo no perdí un ojo, perdí algo más valioso que eso, perdí a mi padre y al perderlo comprendí el valor de su cariño y entendí el valor de la vida. Perdí al ser que más quería cuando más lo necesitaba, cuando la atención de un padre era tan importante para mí porque era mi guía, era quien estaba siempre conmigo. Perdí una parte de mí y comprendí lo difícil que era seguir viviendo.

Es muy complicada una vida sin un padre, sobre todo cuando lo tuviste y te dio lo mejor de él. Los años han pasado y no lo olvido, a pesar que el pasado 4 de octubre cumplió 11 años desde su fallecimiento. Años que han sido eternos y sumamente difíciles. Pero como duele este vacío que deja alguien que amo tanto y que fue un gran ser humano.




Platico esta historia porque hoy veo, con tristeza, una sociedad que se quiebra. Esa sociedad que anhela pero pierde su esencia fundamental: la familia. Para reconstruir una nación debemos reconstruir nuestras bases, y veo que olvidamos muchas veces la importancia de ser padres, y de ser hijos. Nuestras vidas son prestadas, un fragmento del inmenso universo que representa el tiempo. No sabemos cuando llegara nuestra hora ni cuando dejaremos este mundo, por eso debemos aprovechar cada momento. Los padres de ahora parecen más preocupados por lo material y los hijos se alejan cada día de la socialización familiar sumergidos en cosas mundanas.

Yo no soy padre, pero soy hijo, conozco del amor de familia. Jamás desaproveche ninguna oportunidad de decirle un “te quiero” a mi padre, ni de darle un beso, ni de abrazarlo. Me enseño gran parte de lo que se. Me hizo, en gran medida, lo que soy ahora, bueno o malo. Él conocía la importancia de ser un padre, me inculco esos valores, me enseño a querer a mi país, el significado de la honradez, la dignidad y la lealtad, a respetar a los demás, a ser un buen amigo, a disfrutar cada momento de la vida y amar a mi madre y a mi familia. Valores que solo se aprenden en la casa, que deben ser los padres quienes los inculquen a sus hijos. Comenzar a cambiar el mundo es muy sencillo, se empieza poniendo la semilla en nuestros hijos, construyendo bases en nuestra familia.

Pero esta es solamente mi historia, algo que tarde o temprano debe ocurrir, sin embargo, es por esta razón que cada simple día debemos darle gracias a Dios por haber despertado y contar aun con la presencia de nuestros padres y de los hijos. Porque los padres son los únicos que nunca nos abandonan, que dan todo por sus hijos a cambio de nada. Así es que, jóvenes, quieran a sus padres como si cada día fuera el ultimo y ustedes, padres, hagan lo mismo con sus hijos, nunca les nieguen cariño ni un poco de su tiempo, sean felices para que no tengan que arrepentirse de no haberlo sido.

Vivir sin un padre a una edad en que es indispensable es algo muy difícil, no tener a esa persona en quien confiar, con quien platicar, con quien contar es muy duro. Sin embargo, aquí estoy, dando siempre lo mejor de mí, porque supe querer a mi padre, porque mi padre dio mucho de su tiempo, porque me enseño lo que era vivir con sus pláticas diarias, con su amistad, con su fortaleza, su cariño y sobre todo con el gran ejemplo de vida que me dejo. Por eso, padres, den ese ejemplo de vida a sus hijos, apóyenlos, quiéranlos. Y a los hijos, no se olviden nunca de que siempre a su lado estarán sus padres. Como el mío se encuentra aquí, no físicamente, pero siempre en mi recuerdo.

Debo agradecer también a mi madre, quien ha sido siempre mi pilar. La que me saco adelante ante la pérdida de mi padre. La que siempre sujeta mi mano cuando caigo y que me empuja a dar esos pasos en los que estoy titubeante. Esa es la importancia de la familia, eso es lo que debemos proteger. Pues nosotros, los hijos, somos un reflejo de nuestros padres. Es momento de dar ese paso, de comenzar a reconstruir nuestro tejido social iniciando por nuestra propia casa. La esencia del ser humano se obtiene en el seno de la familia. Y la grandeza de un país depende de la grandeza de sus habitantes.

Recordando:

Un día como hoy pero de 1940 nació el Lic. Carlos Enrique Cantú Rosas. Quien fue para esta ciudad un líder y un personaje simbólico por lo mucho que le dio. También fue, para mí, un ejemplo a seguir, una persona a la que admiro, aprecio y siempre estará en mi memoria. Ya no se encuentra entre nosotros, pero sus obras quedan y sus sueños por una mejor ciudad siempre encontraran eco en quienes compartimos su amor por Nuevo Laredo. Se fue el “Chale Boy” pero su recuerdo se queda intacto, a pesar de los años, en el corazón de su gente.

Artículo publicado en el 2012.


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