Aquellos Viejos Tiempos

No sé si sea la nostalgia de esta época decembrina o la juventud que se aferra mediante la memoria, pero no pude evitar recordar aquellos viejos tiempos. Y uno pensaría que la memoria solo se restringe a nuestras vivencias, pero la imaginación es muy ingeniosa y logra, a veces, hacernos vivir aquello que solo conocimos por historias. Y es que, en ese momento nostálgico, imaginé incluso esos años de juventud que me narraban mis padres, ese Nuevo Laredo vivo y radiante, esa “memoria colectiva”. Entre sus anécdotas recordé los viejos “bares” de moda de los que me contaban. El “Lion´s Den”, por ejemplo, o aquel famoso “Pub” que como me hubiera gustado conocer; y más reciente el “Tequilas” del que me cuentan buenas anécdotas algunos familiares. Lugares que, según me decían, eran de mucha sana y respetuosa diversión y donde se daban lugar una gran cantidad de personas.

Que hermosos tiempos han de haber sido aquellos, en los que se tenía plena confianza para salir a las calles, esos tiempos del “Cadillac Bar” en el que se conocieron mis padres. Esos tiempos del “Los Fabulosos 20” en donde se ofrecía variedad y venían cantantes reconocidos. Los tiempos de los shows del “Motel del Rio” en donde, gracias a la cantante llamada Magdalena, subí al escenario por primera vez siendo yo un pequeño y canté con ella, pésimo, pero lo viví. Que alegres y que diferentes, a comparación de ahora, debieron ser aquellas conversaciones entre amigos en el “Café La Plaza”. Cuanta vida, según me cuentan, había en aquel Nuevo Laredo.




Pero nosotros, me refiero a los de mi generación, alcanzamos a vivir algunos vestigios de aquella grandeza. Memorables, para mí, eran esas veces que íbamos en familia a comer o cenar a algún restaurante como “El Rincón del Viejo”. Mientras los adultos platicaban tomando sus copas y escuchaban música de algún trió o del piano que tenían, los jóvenes nos íbamos a jugar en el patio. La única razón por la que mirábamos los carros que había era para ver si algún conocido o familiar había llegado o buscar un lugar en aquellos estacionamientos llenos. No teníamos miedo a nada mas, no pensábamos en nada más.

Sí, alcanzamos buenos tiempos. En mi infancia acostumbraba a caminar de la mano de algún familiar por las calles del centro desde la mañana hasta tarde. Mirábamos alguna que otra artesanía o chuchería en los diversos mercados, entrabamos a algunas de la gran variedad de tiendas que había. En lo personal me encantaba llegar a las tiendas de música donde compraba algún casete o disco de Tin Tan, Capulina, Paco Stanley, Cri Cri y tantos otros. Nos íbamos a comer al restaurante “Nuevo León” con su famoso cabrito, o al “México Típico”. Ya más entrado en la adolescencia acostumbraba a tomar mi bicicleta y recorrer la avenida Guerrero para comprar un elote desgranado o simplemente por diversión. Recorríamos, los que nos juntábamos, varios kilómetros en bicicleta o patines con completa tranquilidad. Algunos amigos y yo nos íbamos al cine o al boliche para pasar un buen rato y acabábamos en el entonces flamante “Pizza Hut” para cenar y jugar un poco con las maquinitas.

No nos fue ajena la dinámica vida nocturna ya fuera en algún bar como “Las Cananas”, “Salamandras”, “México 1800”, o en una de las múltiples fiestas que fin de semana a fin de semana existían en la ciudad, fiestas que a veces hacíamos sin razón alguna y que duraban hasta entrada la noche. En aquellos viejos tiempos las calles del centro y Paseo Colón se llenaban de música, luces, tráfico, risas de tantos jóvenes que, sin mejores cosas que hacer, nos íbamos a dar la vuelta y matar el tiempo gritando de carro a carro. Para mí no fueron ajenos el “Victoria’s”, “El Dorado Bar”, “Las Jarritas”, o el “Pancho Villa”, esos restaurantes que llevaban el orgullo de ser neolaredenses. Tampoco fueron ajenos los años de tranquilidad, en donde podíamos salir a un restaurante sin el miedo de ser ultimados o vivir una mala experiencia. Esos eran buenos tiempos.

Tristemente ya no existen ninguno de los lugares que mencioné, ni muchos que se quedan en el tintero. Entiendo que el progreso hace que aquello que brilló en el pasado se vaya perdiendo en el olvido, pero… ¿Qué progreso? Ya no existe un boliche ni restaurantes de gran calidad como antaño. Ya no tenemos esos bares nocturnos ni mucha gente con los deseos de salir por las noches. Aun quedan algunos de los restaurantes y negocios de aquellos viejos tiempos que luchan por sobrevivir pero sin la voluntad de los neolaredense, sin nuestra tranquilidad, sin el deseo de progresar… la condena es clara.

Qué bonita infancia y juventud llegamos a tener los de mi generación y anteriores. Era aquella época mucho muy diferente a la de ahora. Era otra ciudad, otro animo, otro tiempo. ¿En qué momento comenzó el deterioro social? ¿Qué nos fallo? ¿Cómo cambiamos tan rápido? No lo sé, pero si se que hoy somos un Nuevo Laredo distinto. ¿Volveremos a ser los mismos de antes o mejores? Yo sueño con que sí, pero eso solo depende de nosotros, de la voluntad de los neolaredenses. Hasta hoy ha sido esa voluntad la que nos permite sobrevivir, pero hace falta nutrirla y fortalecerla con la unidad para trabajar juntos.

Me duelen las nuevas generaciones y los hijos de mi generación que ahora nacen y crecen sin conocer todo eso que forma ya parte de nuestra historia, en una ciudad carente del esplendor de su pasado. Me duelen las generaciones anteriores que no hicimos nada o muy poco para defender aquello que por derecho nos pertenece: nuestra grandeza. Deseo que volvamos a encontrar el camino para recuperar un poco o mucho de lo que se nos fue. Pero eso depende de todos. Debemos dejar de escondernos en el miedo y de tapar la mediocridad con logros aparentes, y digo esto porque escuché el informe de nuestro Alcalde, palabras muy bonitas que hablan de una ciudad que, creo, no corresponden a la nuestra, al menos no lo sentí así. Pero en algo estoy de acuerdo con él, en esas palabras casi al final de su discurso y que parafraseo a continuación: “Nuevo Laredo sigue de pie por su gente y no por palabras bonitas”. Es momento de ir más allá, de no solo estar de pie, sino de avanzar. De recuperar nuestra esencia y demostrar que somos más los que estamos dispuestos a hacer crecer Nuevo Laredo. Llego la hora de hablar bien, de actuar, de exigir y recuperar nuestra ciudad. Es ahora cuando los ciudadanos debemos unirnos para lograr, una vez más, la grandeza de nuestro pueblo. Se lo debemos a las nuevas generaciones, ellos merecen vivir aun mejor que nosotros y es una factura que debemos pagar nosotros mismos. Por nuestra historia, por nuestro futuro, por Nuevo Laredo, retomemos nuestro rumbo.

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